martes, 16 de julio de 2013

Prólogo.

Verano del 2011. Último verano en Oviedo. Último curso acabado. Sólo unos días mas y emprenderiamos una nueva aventura en Madrid. Digo emprenderíamos porque sería mi mejor amiga, Janire, la que se vendría conmigo.
Llevábamos meses preparándolo y teníamos muchas ganas de que llegase el día para ir a la capital. Habíamos encontrado una casa perfecta en Boadilla, no muy lejos del centro y lo único que teníamos en la cabeza era que queríamos estrenarla cuanto antes. Cuando llegó el día no nos lo podíamos creer y menos aún cuando estábamos en nuestra casa nueva.

- Esto es como un sueño Naia, aún no me creo que estemos aquí -decía Janire mirando perpleja todo a su alrededor.
- Al fin. Hace mas de un año que empezamos a planearlo todo y ahora estamos aquí. Parece mentira.

Nos instalamos lo mas rápido que pudimos, dejando todo tirado y salimos a conocer la zona. No sabíamos que había alrededor, pero nos montaríamos en el coche y empezamos a investigar. Cual fue mi sorpresa cuando nada mas salir por la puerta de casa me crucé con alguien a quien habia perdido la pista hacía mucho tiempo y el cual había sido mi mejor amigo durante diecinueve años de mi vida, hasta que decidió que entre nosotros todo había acabado.

- Naia, ¿ese no es Adrián?
- Si, sube al coche. Vámonos. -le decía mientras arrancaba.
- No deja de mirar. Creo que no se esperaba encontrarte.
- No me puedo creee que tenga que ser nuestro vecino.
- Él en su momento te dijo que os volveríais a encontrar y el destino quiso que así fuese.

Adrián había sido mi mejor amigo toda la vida. Vivíamos en el mismo pueblo y aunque él empezó a jugar en el Oviedo, siempre que tenía tiempo subía a Teverga a hacer una visita a la familia y a los viejos amigos. Cuando no podía venir, hacía que estuviese con él en su casa, en Oviedo. A pesar de que él era unos cuantos años mayor que yo, éramos inseparables. Pero un día, tras su marcha al Depor, decidió que todo este tiempo no había servido para nada y se olvidó que tenía una mejor amiga, tanto que ni siquiera fue capaz de despedirse de mi como una persona normal. En ningún momento me comentó nada sobre su marcha y un día, mi madre me despertó dándome una carta y un pequeño regalo. El regalo era una pulsera que aún conservo y a pesar de todo aún sigo llevando porque siento que me da suerte y que lo tengo cerca aunque no sea cierto, en la carta ponía; "Espero que seas capaz de perdonarme algún día. Sé que nos volveremos a ver. Te quiero mucho. Adrián". Aquello me dolió muchísimo, para mi era una persona demasiado importante en mi vida como para que saliese derepente, sin anestesia, pero tenía la esperanza de que me llamase o tratase de seguir en contacto conmigo. Nada. Hasta aquel día que lo vi salir de la casa de al lado, no había sabido absolutamente nada de él. Ahora era yo la que no quería saber nada de él. O eso creía.

1 comentario: